Esteban Corsino, técnico de Plena inclusión Aragón y coordinador en esa comunidad del proyecto “Mi Casa. Una vida en comunidad”, impulsado por Plena inclusión España.
En esta entrevista, Corsino subraya que la tecnología debe entenderse como un apoyo más al servicio del proyecto de vida de cada persona con discapacidad intelectual o del desarrollo. Defiende la necesidad de incorporarla al sistema de apoyos e impulsar un cambio cultural en las organizaciones que permita integrarla de forma transversal en el día a día.
¿De qué forma la tecnología nos permite adaptar los apoyos a las necesidades específicas de cada persona con discapacidad intelectual o del desarrollo?
En primer lugar, hay que definir el concepto de apoyos: son aquellas acciones que se desarrollan con las personas con discapacidad y que pretenden cubrir un desajuste entre las competencias de la persona y el entorno. La tecnología es un apoyo más.
Tras esta aclaración, destacaría tres variables que están permitiendo esta adaptación. En primer lugar, el propio desarrollo tecnológico. Vemos que los avances están cubriendo necesidades más amplias de las personas. Por ejemplo, en el marco del proyecto Mi Casa, experimentamos cómo la domotización de las viviendas era un buen apoyo para las personas con más necesidades de apoyo.
En segundo lugar, la tecnología facilita recordar, organizar y establecer rutinas. Hablamos de Alexa y de otras aplicaciones que son útiles para las personas con discapacidad y también para las y los profesionales, ya que facilitan la prestación de apoyos en nuestras entidades.
Y, en tercer lugar, la tecnología está permitiendo adaptar y crear entornos para cada persona. En Mi Casa vimos innovaciones y tecnologías que han facilitado que las personas puedan vivir de forma más autónoma: sensores de luz, sensores de caídas, electrodomésticos inteligentes, sistemas de recordatorio ambiental… La innovación es poner la tecnología al servicio de las personas y es un apoyo más a tener en cuenta en nuestras organizaciones.
¿Cómo contribuye la tecnología a facilitar la inclusión y participación de las personas con discapacidad en la vida comunitaria?
Sí que me gustaría destacar que dentro del proyecto Mi Casa comenzamos buscando soluciones tecnológicas muy innovadoras y nos dimos cuenta de que, en realidad, lo innovador era acercar a las personas con discapacidad tecnologías que ya existían: Alexa, móviles, tablets, robots de cocina… Muchas de esas tecnologías ayudan a establecer puentes entre las personas y su comunidad.
Por ejemplo, los GPS, sistemas que además pueden llevar integrados comunicadores, han permitido que personas sin apoyo profesional puedan moverse por sus barrios. Eso sí, conviene insistir en la idea de que el GPS, la tecnología, es el apoyo, pero tiene que estar la motivación por parte de las organizaciones y de los profesionales para promover y facilitar a la persona ese interés por disfrutar de su comunidad.
En la misma línea las tablets, móviles u ordenadores, que permiten el acceso a los recursos comunitarios y su gestión. Podemos consultar horarios de autobús, conocer las actividades que hay en la comunidad o gestionar citas médicas. Y, además, las herramientas de comunicación, como el WhatsApp o las videollamadas, que ayudan a generar y mantener vínculos sociales. Por último, es fundamental mencionar los sistemas alternativos y aumentativos de comunicación, especialmente relevantes para las personas con mayores necesidades de apoyo.
En el marco del proyecto Mi casa, ¿Qué experiencia innovadora destacarías?
Una propuesta destacada es la desarrollada por Kairós, basada en un metaverso. Se planteó como una experiencia de gamificación muy accesible. Se trata de un espacio virtual en el que cada persona puede crear su propio avatar. Este avatar discurre por distintos escenarios digitales, que son como distintas “habitaciones”, y cada una se asocia a una dimensión de calidad de vida. En cada “habitación” la persona reflexiona sobre su plan de vida, sus objetivos vitales, sus intereses, sus metas… El metaverso permite concretar pasos a dar, acciones, hacer un seguimiento… Es un entrenamiento que luego se lleva a la práctica en la vida real.
¿Qué desafíos tenemos?
Hay muchos desafíos, pero destacaría tres a corto plazo. El primero es el acceso a la tecnología: en muchos casos las personas con discapacidad no tienen acceso y, además, existe una barrera económica, porque algunos dispositivos conllevan un coste importante. Por eso, tenemos que empezar a ver la tecnología como una inversión, ya que es un apoyo para la autonomía de las personas y, a la vez, a las organizaciones puede facilitarnos la gestión de tareas y la prestación de apoyos más personalizados. Podemos demandar financiación a la administración e incorporar la tecnología a la prestación de apoyos profesionales.
El segundo reto tiene que ver con el diseño o cómo hacemos accesible la tecnología. Muchas tecnologías no están pensadas para las necesidades de las personas con discapacidad intelectual, y deben generarse soluciones que sean usables para la mayor parte de la población. De hecho, cuando pensamos en accesibilidad para nuestro colectivo, también estamos hablando de mejorar el uso para personas mayores, inmigrantes, etc. Desde Plena inclusión tenemos que hacer incidencia, aportar nuestro conocimiento y estar atentas a la brecha digital.
Y el tercero es un cambio de cultura en nuestras organizaciones: integrar estas soluciones de forma transversal. Todavía estamos muy anclados en el papel y en una forma de trabajar analógica. Hay que conectar la tecnología con el plan de vida de cada persona y pensar qué apoyos tecnológicos pueden ayudarla a lograr sus metas. Esto conlleva formar y sensibilizar a las y los profesionales para que integren este apoyo. En realidad, la tecnología es un apoyo para que la persona recupere el control de su vida y pueda acercarse a su comunidad.

